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jueves, 15 de mayo de 2014

Cows don’t go to school

Os dejamos un maravilloso cuento en inglés. Esta es una de las historias del libro “Cuentos diferentes para niños diferentes“, pero en esta ocasión, el texto de María Bautista (ilustrado por Raquel Blázquez) ha sido traducido al inglés por Dani Moore.

vaca_niño
The best friend of Beto was his cow Paca. It sounds weird that it was a cow, but Beto lived in a farm surrounded by animals. Even more, Paca the cow had saved his life, and that is a thing you don’t forget…
It occurred when Beto was only 3 years old. He was playing ball next to a den of rabbits when the ball shot toward the road. Beto ran after it right at the moment when a truck filled with bushels of wheat was passing by. Paca the cow, who grazed tranquilly in the next meadow, saw the whole scene, and left running towards the boy.
The driver, who had not seen Beto, so small and fast, was stunned to see this enormous cow running towards the road. And stopped short.
That was the beginning of a very special friendship. Beto spent hours with Paca the cow, he only drank the milk that came from her utters, and sometimes, when he couldn’t sleep, he snuggled with her. At her side he was never scared.
Because of this, no one was surprised to see them always together. They were as thick as thieves, so close that it seemed impossible to tell where ended Beto’s smile and where began the playfully wagging tail of Paca the cow. And so it always was, until Beto grew up and had to go to school.
The school was in the city and was very big. It was full of boys and girls, but didn’t have rabbits, nor meadows, nor horses, and of course no Paca the cow. Why could he not take his friend to school, share a desk and play together at recess?
- Because she is a cow, Beto – Mama told him – cows don’t go to school, nor do they do chores, nor do they trade cards at recess.
But Beto insisted so much that Mama finally agreed. And Beto came the following day mounted on his cow Paca. All the kids wanted to pet her, play with her, drink her milk and climb her back.
But, after a while, Paca the cow tired of grazing that cement meadow and decided to sit. Nothing more occurred than sitting herself right under one of the goals of the soccer field:
- With her as goalie; we will win all the games! – exclaimed an enthusiastic Beto.
But the opposing team quickly tired of playing with Paca the cow.
- This is unfair, we want a goalie our size!
- So wins either…
- This is cheating
So Beto had no choice but to convince Paca the cow to move from the goal.
- It will be better to stay in the hallway – he said – because now I have math class and I can’t stay with you.
Paca the cow obeyed Beto and remained tranquilly lying in the hallway, but after a while, she began to tire of staying there alone and began to call to her friend. The moos of the cow were so strong that the teacher Daniel had to stop the class.
- What is this scandal? We cannot continue the class like this…
And he left for the hallway to see what happened. Paca the cow was very content to finally see someone with whom to talk…she was so bored there alone! So happy was she, that with all her affection, she licked the bald shiny head of the teacher Daniel.
- Aaaaagh. How disgusting! This is a shame. Take this cow home.
And there went Beto and Paca the cow, very rueful for having orchestrated all of this mess. Carmen, the principal, almost had a fit when she saw Paca the cow enter the door to her office.
- What is a cow doing here?
- It’s just that she is my best friend and I wanted to bring her to learn about school, about my other friends, about the professors…
The principal saw how hopeful Beto was, and how embarrassed the poor cow was, that she had an idea.
- Beto, the school is not a place for a cow. Your friend has to stay in our farm while you are in class. But since she has already come here, let’s teach all the kids…
Carmen’s idea was simple: give a class that no alumnus would ever forget again. Paca the cow, Beto and Carmen were passing through all the classes. Carmen taught them all that there was to know about cows and about the animals like her: the mammals. Further, many children milked a cow for the first time, discovered how cows ate, what customs they had and how they lived. It had been the best kind of knowledge of the environment they all had ever had.
When the day ended, Beto and Paca the cow returned to the farm and told all to Mama, who, with the face that mothers always wear when they are about to tell you something important, affirmed:
- I already told you, Beto. Cows don’t go to school.


Claudia

lunes, 5 de mayo de 2014

EL EXTRAÑO LABORATORIO DEL PROFESOR

Todos en el colegio creían que el profesor Melquíades era un poquito raro. Le llamaban el científico loco porque siempre estaba encerrado en el laboratorio con sus gafas de protección, su bata blanca y una sonrisa entre feliz y maligna que a todos los niños les daba un poco de miedo.
El laboratorio del colegio se escondía tras unas puertas metálicas de color rojo a las que solo se podía acceder con la autorización del profesor Melquíades. Por eso corrían leyendas sobre aquel lugar casi secreto, que todos imaginaban con un sitio oscuro, lleno de probetas humeantes donde se llevaban a cabo los más horrendos experimentos.

El profesor Melquíades, además de misterioso, tenía aquella voz metálica, que parecía salida de un ordenador y que tan intrigados tenía a todos los niños.
–¿No será un robot o un cyborg de esos que salen en los libros de ciencia ficción? Es imposible que alguien tenga una voz así –decían algunos niños.
–¿Y os habéis fijado en la cara que pone cuando sale del laboratorio?
–¡Es verdad! Como si no estuviera prestando atención a nadie. 
Los niños tenían razón, cuando el profesor Melquíades salía de su laboratorio parecía como si su batería de robot se hubiera quedado vacía. En los pasillos, en las aulas o en la sala de profesores siempre tenía aquella cara de despistado, como si realmente no estuviera allí, sino pensando fórmulas mágicas en su laboratorio. Nunca saludaba por los pasillos, ni tomaba café con el resto de compañeros. Se quedaba entre sus probetas ideando nuevos experimentos.
Quizá por eso, cuando en el último curso, los niños más mayores comenzaron la clase de ciencias con el profesor Melquíades, todos resoplaban  con miedo.  
–¡Yo no quiero entrar en ese laboratorio! –decían los más miedicas.
–Seguro que nos convierte en ratas para luego experimentar con nosotros –decían los más fantásticos.
Pero cuando aquella puerta de metal rojo se abrió y los alumnos entraron, todos se quedaron sorprendidos al comprobar que aquel lugar no se parecía en nada a lo que se habían imaginado. Para empezar, el laboratorio era muy luminoso y no oscuro y tenebroso como todos se habían figurado. En las estanterías había probetas, y botes llenos de líquidos de colores, pero todo estaba en orden. El doctor Melquíades, sin gafas de protección, les pidió con su voz metálica que se fueran sentando por grupos.
En cada mesa, y aquello sí que era extraordinario, había objetos muy variopintos: huevos, miel, leche, un tornillo, aceite, un tomate, una pelota de ping-pong, un naipe.
–Pero, ¿qué vamos a hacer con todo esto?
–¿Una tarta?
–¿Con un tornillo?
–A lo mejor es el tornillo que le falta al profesor Melquíades.
Los niños empezaron a decir un montón de tonterías sin pensar, hasta que el profesor Melquíades les mandó callar con su voz metálica.
–Vamos a comenzar nuestros experimentos. La ciencia es muy importante para el mundo. Puede que no nos demos cuenta, pero todo lo que nos rodea es ciencia. Y aunque todos pensáis que la ciencia es aburrida, o que da miedo, hoy os demostraré que no tiene por qué serlo en absoluto.
El profesor Melquíades fue poco a poco explicando los pasos para hacer distintos experimentos: unos huevos resistentes a todo tipo de peso, otros que flotaban y no se hundían jamás y líquidos que se colocaban unos encima de otros haciendo un arcoíris. Los niños estaban fascinados.
Pero además de con los experimentos, los  niños estaban muy sorprendidos con el profesor Melquíades. El científico loco, que nunca saludaba en los pasillos, que siempre parecía en otro mundo y que se reía como los malos de los dibujos animados, era en realidad un profesor excelente. Disfrutaba tanto compartiendo la ciencia con sus alumnos que cuando sonó la sirena que anunciaba el principio del recreo, la mayoría de los niños estaban tan entusiasmados con los experimentos que no querían salir al patio.
– Profesor Melquíades, explíquenos por qué ocurren todas estas cosas maravillosas.
Y el profesor, con su voz metálica, habló a sus alumnos de cosas rarísimas de las que nunca habían oído nada: la densidad de los cuerpos, la presión del aire, la resistencia o la descomposición de la luz. Todos estaban boquiabiertos.
Después de aquella clase llena de experimentos, llegaron muchas otras. El profesor Melquíades, al que nunca más llamaron científico loco, consiguió transmitir esa pasión por la ciencia a sus alumnos. 
Con el tiempo, alguno de ellos hasta se vistió con bata blanca y gafas de protección y acabó trabajando en un laboratorio. Pero lo que no olvidaron ninguno fueron las clases de ese profesor raro y con voz robótica que les enseñó que la ciencia, aunque a veces no les prestemos demasiada atención, es fascinante y divertida
al mismo tiempo.


Marta

lunes, 31 de marzo de 2014

UNA ESTACIÓN PARA MARZO

¡Nos despedimos de este querido mes con un cuento estupendo!


 https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhAv3DJ0vl-h2MBjtK8M98dhtHi5R40LqiBdwW6FZSvXeLlqLeLXneZz3M9BoNXxcd-gA6viyJxZW1db1E5zc5POcbuMdtM7c_NN8ph-juZgAHb-UpKunVdkBcdGYokzANU3gN2SkRpzyGH/s1600/03_marzo.png


De todos los meses de año el más atolondrado era Marzo. No había quién le entendiera y tenía unos cambios de humor tan explosivos, que el resto de meses no sabían muy bien que pensar de aquel mes. ¿Era un mes alegre o era un mes triste? Difícil saberlo, ya que a veces reía y llenaba de brisa los campos, que disfrutaban con las caricias del viento y a veces se enfadaba y salían truenos y relámpagos de su boca. Otras veces estaba tan triste que llovía a mares y al momento se ponía tan contento que se llenaba de sol.


Por eso, después de pensar y pensar mucho, el Año, que era quien repartía las estaciones, decidió que Marzo sería un mes de invierno. Marzo, que además de atolondrado era un mes muy presumido, aquello de ser un mes gris de invierno le sentó tal mal que estuvo lloviendo una semana entera. ¡Imaginaros! Una semana entera con sus siete días y sus siete noches sin parar de llover.

- ¿Ves cómo eres un mes de invierno? Si fueras de primavera estarías lleno de color – le dijeron el resto de meses.

Pero el Año se quedó un poco triste ante la reacción de Marzo. Él quería a todos sus meses por igual y no le gustaba saber que Marzo se sentía tan triste y enfadada.

- Quizá podría cambiar a Marzo por Octubre, y convertirle en un mes de Otoño, estoy segura que a Marzo, que es tan presumido, le encantarán los colores vivos del Otoño.

Pero Octubre se negó en redondo. Él ya se había hecho a la idea de ser un mes otoñal y no quería cambiarse por Marzo.

Muy preocupado, el Año miró pensativamente por la ventana. ¿Qué podía hacer con Marzo? Afuera había dejado de llover, quizá porque Marzo, tras una semana entera llorando, había decidido tomarse un descanso para que el sol saliera un ratito. En el campo, aquella lluvia enfadada de Marzo había conseguido que los árboles desnudos de invierno fueran poco a poco floreciendo.

- Fíjate esos almendros están repletos de flores – exclamó pensativo.

El Año, miró con curiosidad los ríos, repletos del agua de la nieve de las montañas, que se había derretido y bajaba con alegría hasta los valles. Asomados en sus madrigueras, los osos, dormidos durante el invierno, se estiraban y bostezaban contentos.

- ¿Ha llegado ya la primavera? – Preguntaban despistados.

Cuando el Año oyó aquello, se dio cuenta de que aquel Marzo tan caprichoso tenía mucho de primavera.

- Darás la bienvenida a la nueva estación – le anunció solemne el Año.

Y así se quedó Marzo: a medio camino entre el gris invierno y la colorida primavera.



Almudena